¿entiendes lo que digo?

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“A veces se torna difícil tomar alguna decisión pero muchas veces estas te liberan para siempre”

 Es la primera vez y sé que será la única que pongo una entrada taaannn larga, pero  no dudo y no me arrepiento de haberlo hecho.  En esta ocasión no trata de mí, pero es una gran lección para quienes necesitan esas fuerzas para hacer aquello que parece imposible.

 (Lo siguiente no escrito por mí, sino por una amiga que no deja de ser especial por una decisión tomada)

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Algunos “nacen”, otros “se hacen”. Yo no lo sé. Sólo recuerdo que a los cuatro años estaba obsesionada con un par de gemelos y que peleaba mucho con Angie –mi mejor amiga ese año – porque quería tener a los dos para si misma. La muy acaparadora.

Yo estaba dispuesta a compartir. De todas formas eran idénticos. No me gustaba uno más que el otro sino ambos por igual, pero ella no estaba de acuerdo. Tal vez ese sea el único recuerdo fiel que mantengo de mi heterosexualidad.

 Si me lo hubiesen preguntado en la pubertad, hubiese contestado “por nada del mundo”.

 Si me lo hubiesen preguntado en la adolescencia, mi respuesta habría sido “no lo creo”.

 Si me lo hubiesen preguntado hace un año, hubiera dicho “no, pero uno nunca sabe”.

 Si me lo preguntaran ahora, diría que si.

 No sé cómo ni cuándo sucedió, sólo sé que de repente me gustaban las chicas. No me parecía asqueroso, ni mucho menos una enfermedad. No creía que estaba enferma. Pero me odiaba. Me odiaba demasiado.

Habían veces en las que pensaba:

 Si yo no fuera yo, no quisiera ser mi amiga…

 Y terminaría la frase con una punzada de tristeza y desconsuelo. Y algunas veces, en la noche, me encontraría envuelta en una manta, postrada en mi cama mirando fijamente la pared. Y entonces algo se apoderaría de mí y empezaría a llorar.

 Por qué tenía que ser…

 No podía decirlo, ni siquiera en mi mente. Sentía que si lo hacía, por más bajo que fuera, todos podrían escucharme. ¿Entiendes lo que te digo?

Para colmo, fui a una escuela católica de sólo chicas. De esas con monjas asexuales y homofóbicas, que armarían un escándalo si durante alguna clase, una profesora se atrevía a ponernos alguna película que tuviera un beso en alguna escena, aunque sólo durara un segundo.

Eran de esas monjas –lo juro- que te gritan si llevas la falda un centímetro más arriba de la rodilla. Que te gritan si a la salida de la escuela, te espera tu novio con los brazos abiertos.

Por ese lado, mis “amigas” -como toda adolescente que hace lo contrario de lo que le dicen- tenían novios y amigos cariñosos por doquier. Y en las horas de recreo se la pasaban hablando de chicos. O si no lo hacían, empezaban con algún tema que a la larga terminaría incluyendo el sexo opuesto. Sobretodo cuando llegó el año de confirmación.

Recuerdo que yo fui la única en no hacerlo.

No tenía ganas, ni siquiera entendía el motivo. De todas formas, ya no me sentía católica, no me sentía religiosa.

Un día oí a una monja decir que ellas estaban casadas con Dios. Entonces me hice la idea retorcida de que todas eran parte del harem mundial de Jesús. Que él era un polígamo.

Pero volviendo al tema,

 Denme una buena razón. ¿Por qué debería hacer la confirmación? ¿Por qué van a hacerlo ustedes?

 Solía preguntar eso con frecuencia. Y entonces muchas me responderían algo como: 

 Porque sino no podría casarme.

 Eso me hacía reír.

En todo caso, sabía muy bien que la razón principal por la que lo harían, se debía a que de ese modo conocerían más chicos, para hacer vida social.

Durante ese tiempo, todos los recreos se vieron llenos de conversaciones que trataban del tema de la confirmación.

Y no decían cosas como “¿escuchaste lo que dijo el catequista?” o “¡qué bonita que estuvo la misa!”, sino más bien “¿escuchaste cómo ÉL flirteaba con ella?” o “¡qué bueno que está el cura!”, cosas así, tú me entiendes.

Por entonces mi mejor amiga, quien yo pensaba lo sería para toda la vida -a quien tal vez podría haberle confesado mi secreto- cambió radicalmente.

De haber sido una chica inocente, pasó a ser una frívola del montón. De esas chicas superficiales, que hablan con jergas raras –puede que esté exagerando un poco con las jergas, pero sólo digo lo que pienso.

Ya no podía hablar con ella. Ya no podía hablar con nadie. Lo único que hacía era seguir la corriente. Lo único que sabía hacer era fingir.

Fingir que me gustaban los chicos. Fingir que quería un novio.

Con el pasar de los años, me volví tan buena en aparentar lo que no era, que se me hizo más difícil a la hora de aceptarme tal cual, cuando llegó el momento de hacerlo.

Quería desaparecer de la faz de la tierra. Quería morirme. Y lo intenté.

Aún estando en secundaria, una noche, entré en el cuarto de baño y saqué del botiquín todas las pastillas que se encontraban encerradas en un frasco. No las conté, pero eran más de diez, eso tenlo por seguro.

Entré en mi habitación llorando, rogándole a alguien inexistente para que me dejara morir.

Me tomé todas las pastillas y me acosté en la cama, con la luz prendida –no sin antes hacer un breve testamento, donde pedía que me enterraran con mi libro de Sara Tomate, mi autógrafo de Jean Ure, y si no era mucha molestia, los libros de Harry Potter también.  

 Si. Yo era así de dramática.

 Cuando me desperté era aún de noche. No sentía nada. ¿Tal vez ya estaba muerta? Pero no. Resultó ser que las pastillas habían expirado. Para entonces no sabía si reír o llorar.

Tenía tantos problemas. Había peleado con mamá, luego de decirle que no tenía intención de convertirme en músico, o al menos no sería lo que ella quería. Esto significó que todos los amigos de mamá me vieran como si fuera una oveja negra. Mientras sus hijas se alistaban para ir a la universidad –a carreras como medicina- yo había abandonado el conservatorio de música, la única cosa para la que según todos, era buena. Odiaba la escuela. Odiaba a mis amigas. Ni siquiera podía aparentar que tenía novio porque los chicos que conocía se fijaban más en las chicas fáciles que en mí. Era lesbiana y no había nadie a quién decírselo. Fracasaba en todo lo que hacía. Incluso había fracasado en quitarme la vida.

Ni por un instante me pasó por la mente que tal vez ésta sería una señal. En cambio, lo tomé como si el mundo se empeñara en hacerme sufrir.

 ¿Por qué Dios tenía que ser mi enemigo?

 Entonces me hice una promesa: Bien. No había muerto. No podía morir. Probablemente era inmortal. Pero mientras estuviese viva nadie nunca-jamás-de-los-jamases se enteraría.

Si tenía que fingir ser alguien que no era entonces lo haría. ¿Querían que me casara? Perfecto. Me casaría con un hombre que nunca amaría. ¿Querían que tuviese hijos? Perfecto. ¡Tendría 19 hijos y viviría en una granja sembrando maíz!

 Repito. Yo era así de dramática.

 Finalmente llegó el momento y terminé la escuela. Ya nunca más tendría que verle la cara a esas supuestas amigas que tenía –aunque lo hice luego un par de veces. Y pese a que estuve feliz durante la ceremonia de graduación – ¡no más monjas! – al terminar y llegar a casa volví a sentirme sola.

Por entonces mi hermana tenía novio. Un chico a quien yo llamaba “el cavernícola” o “neandertal” de manera despectiva. Estaba celosa. ¡Me habían quitado a mi hermana!

Ese fue el motivo por el que empecé a odiarlo, o al menos el motivo por el que creía que lo odiaba.

Pero un día, mientras peleaba con mi hermana –por el tema del feo- ella se hartó y finalmente me dijo:

 ¡Tú sólo estás celosa porque no tienes novio!

 Fue entonces cuando lo entendí.

Estaba celosa, si. Pero no porque él me hubiera quitado a mi hermana; sino por esa misma razón:

 Ella tenía novio. Yo no.

 ¿A quién quería engañar? Yo nunca podría casarme. Nunca viviría en una granja sembrando maíz. Nunca tendría 19 hijos. Nunca sería feliz.

Pensaba en estas cosas mientras me comparaba con mi hermana. Sabía que tarde o temprano llegaría un día en el cual conocería a un chico del que se enamoraría y con quien se casaría.

Y cuando ese día llegara, yo tendría que resignarme a la opción que elegí, la de quedarme sola para siempre, porque tenía demasiado miedo de confesarlo.

Muchas veces quise decírselo. Como una noche en que la escuché hablar de su amigo bisexual, quien había encontrado una novia que al final resultó ser travesti.

Recuerdo que estuve apunto de gritar: ¡Soy gay! Pero me detuve.

Recuerdo que a cambio, volteé rápidamente a echarle un vistazo y luego no supe qué hacer, así que me quedé mirando la pantalla del monitor, pensando qué patética era mi vida.

Cuando terminé la escuela, me alegra decir que si encontré amigos de verdad. Pero aún sabiendo esto, no podía decírselo a nadie.

 Una noche me llamaron unas amigas del colegio. Dijeron que estaban reunidas en una casa, y que si no estaba haciendo nada –como siempre- me pasara por ahí.

Tal vez estaba demasiado aburrida, o se me zafó un tornillo. Porque lo siguiente que hice fue tomar un taxi y tocar la puerta antes que pudiera dar marcha atrás.

Alrededor de una mesa en la sala, estaban 5 o 6 rostros que reconocí al instante. Todas éramos de la misma clase. Todas nos llevábamos bien. Todas sabían que yo era heterosexual.

Después de algunos tragos –ya estaban bebiendo antes de mi llegada- propusieron un juego.

 De repente me puse nerviosa. ¿Y si durante el juego alguien preguntaba algo que me delatara? ¿Por qué había ido a esa casa después de todo? Mierda…

 Entonces empezaron a jugar. Alguien hacía una pregunta y una por una debíamos responder.

Al principio la mayoría de las preguntas, como era de esperarse, tenían que ver con chicos.

Pero luego de algunos minutos, para mi mala suerte, empezaron a hablar de sexo.

 ¿Sexo? ¿Con qué se come eso?

 Solté un suspiro, que significaba más o menos cuánto odiaba estar ahí. Entonces comenzaron. Una de las chicas preguntó directamente –y aquí casi me da un infarto:

 ¿Alguna vez te la han metido por el culo?

 ¿Qué clase de juego estúpido era ese? Y más importante que eso, ¿por qué creían que hablar de sexo las haría parecer maduras?

Sólo habían pasado 3 años. Y ahora todas estaban ahí, sentadas alrededor de la mesa, actuando como si lo supieran todo de la vida. Como si hubiesen vivido lo suficiente.

 Una dijo que no. La siguiente no dijo nada, pero tomó un trago. Yo supuse que si la respuesta era afirmativa tendrías que beber.

Cuando tocó mi turno dije que no. Entonces pasaron a otra pregunta.

 ¿Alguna vez has engañado a tu novio?

 Algunas bebieron, otras no. Yo por supuesto, no lo hice.

 ¿Alguna vez se la has mamado?

 Odio este juego.

 ¿Se la mamarías si te lo pidiera?

 Malditas mujeres adictas del placer…

 ¿Cuál ha sido el lugar más extraño en el que has tenido sexo?

 Para esta pregunta debíamos dar respuestas concretas. Y de todas formas, las bebidas se habían acabado.

 No recuerdo lo que respondió la primera, ni la segunda, ni la tercera. Tampoco recuerdo lo que dijo la cuarta ni la quinta. Pero lo que si sé, es que cuando habló la última, mi amiga más cercana –de entre todas las presentes- dijo algo, que aunque no recuerde con exactitud, debió sorprenderme y asquearme porque mis ojos se quedaron como platos, y entonces pensé:

 Puaj. Definitivamente, esta noche tendré pesadillas.

 Finalmente pasaron a mí.

 No he tenido sexo en ningún lugar extraño.

 Y justo cuando empezaba a relajarme, otra pregunta más. La última:

 ¿Con qué frecuencia tienes sexo con tu novio?

 Estas chicas tienen serios problemas, créeme.

La que hizo la pregunta respondió tres veces a la semana. Y es la única respuesta que recuerdo haber oído, porque entonces pensé que al llegar a mí, tendría que decir que nunca. Porque no tenía novio. Porque ni siquiera había tenido sexo. Y así lo dije.

No sabría cómo explicar el repentino silencio que acompañó a mi respuesta. Fue un silencio incómodo, que pensé que duraría una eternidad.

Creo que lo que pasó a continuación fue el sonido de una de ellas tosiendo, y luego otra sacando el móvil para llamar a su novio.

 Me sentía sumamente incómoda. Ahora hablaban de personas que no conocía.

Nadie me preguntaba nada. Nadie parecía interesarme en mi vida. Lo único que decían era “mi novio esto, mi novio aquello” y como yo no tenía novio –nunca lo tendría- no podía unirme a la conversación.

 Supe en ese instante que estaba perdiendo mi tiempo, sentada en la sala con el rostro apoyado en las manos. Prometí entonces que si alguna vez salía del clóset –cosa que aún era improbable- ellas serían las últimas personas que se enterarían.

No importaba si las conocía desde los 5 años –porque así era- No eran dignas de mi confianza.

En una ocasión, le habría tendido mi hombro a una de ellas, para escuchar sus problemas. Escuchar sobre su vida, cómo se sentía mal porque para su padre nada de lo que ella hacía estaba bien. Y sin embargo, luego de recuperarse, no podría hacer lo mismo por mí, porque estaría “demasiado” ocupada con miles de cosas más importantes.

Otra de ellas me habría dado un sermón –cuando tuve el problema con mamá- de cómo mi madre sólo quería lo mejor para mí y cómo yo no sabía apreciarlo.

Intentaba explicárselo. Darle mi punto de vista, decirle lo que pensaba. Pero cada vez que abría la boca para hablar, ella me callaba para decirme que estaba haciendo mal. Que mi mamá sufría mucho y a mí no me importaba.

Y luego esa misma chica salió embarazada, y cuando otra amiga empezó a esparcir el rumor, yo la defendí diciendo que si seguía hablando estupideces lo lamentaría.

Yo la apoyé sin pensarlo dos veces, y ella me dio la espalda cuando necesitaba a alguien de mi lado.

 Cuando pienso en la escuela, y en todo lo que pasó después, siento que ha sido muy injusto.

Todas solían decirme “Eres una buena amiga. Sabes escuchar” pero, ¿quién me escuchaba a mí?

Sabía que si le contaba a alguna amiga en la escuela que era lesbiana –además de todos los otros problemas que tenía- no sólo correría a decírselo al resto, sino que también dejaría de hablarme y lo más importante, no me entendería.

 Pero finalmente todo eso ya pasó. Y ahora tengo 20 años. Y hace algunos días, me armé de valor para confesarle que era lesbiana a mi hermana, y a mi mejor amiga.

Empecé a contarle todo lo que había pasado por mi mente durante todo ese tiempo. Cuando menos lo esperé, me encontré llorando y riendo a la vez.

Le dije, que me odiaba por no ser valiente. Porque no sabía cómo serlo. Que odiaba a mis amigas de la escuela. Que me sentía como Gray de Gray Matters. Y que al ver esa película, me había sentido identificaba con el personaje, cuando dice en una escena:

 Me siento sola. Porque nunca seré capaz de caminar por la calle, tomando la mano de mi novia sin que el resto del mundo voltee a mirarnos. Y nunca tendré la boda con la que alguna vez soñé, y tal vez nunca tenga hijos. Y algún día, cuando muera, la gente nunca mostrará respeto por la chica que quiero como si se tratara de mi esposo.

 Era exactamente lo que sentía yo. Y entonces mi hermana me dejó a entender que si yo era feliz ella también lo sería, que respetaba mi decisión, y que si alguna vez tenía novia, me consiguiera una chica guapa.

Cuando dejé de llorar, empezamos a tratar el tema con humor. Supongo que de alguna manera mi hermana ya podía sospecharlo, cuando meses atrás demostré un repentino interés por películas de temática lésbica. Era mi manera de decirle indirectamente: “Soy gay”.

Al final mi hermana dijo que sería bueno si escribiese mis memorias. Yo le dije,

 Si, y las llamaría: “Memorias de una Gaysha” 

Dijo que era un buen título. Luego nos reímos como tontas. Y por primera vez en toda mi vida, siento que estoy contenta de ser yo.

¿Entiendes lo que digo?

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Entiendo lo que dices… entiendo que una opción sexual no cambiara a las personas pues la escencia se mantiene. Entiendo que seras mi  primera amiga lesbiana y eso es genial porque estas muy cerca de mi y  nos comprendemos. Entiendo y no dejare de enterder que hay muchas cosas que queremos hacer!! .. es cierto.

Entiendo y seguire comprendiendo que no dejaras de ser mi amiga!!!…

Gracias…

PD: espero que no haya roto tus espectativas… =)  por las pocas palabras. n_n 

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  1. celene!!! muchas gracias por darme tu opinión! y por apoyarme! y por no molestarte cuando me burlo de tí -cuando dices “hay tantas cosas que quiero hacer” jajaja, graaaacias!!!

  2. Pingback: Decisiones, sólo una es suficiente | Sin Peculiares en Mi Vida

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