El momento del último adiós

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Era el último día de clases, sabía que después de ello quizás no los volvería a ver a todos. Talvez solo algunas amistades, como a las chicas con la que solía estar.

Era el último examen de los seis cursos de ese ciclo. Y comenzaba el fin de una carrera que había traído cambios a mi vida. Pero era el inicio de aquello que algún día me propuse. No sabia como sería mi futuro ni tampoco lo que me esperaba, solo comprendía que ahora me sentía más segura de hacer muchas cosas y atreverme a más.

 Aquel día lo había planeado desde principio del año. Sabía que debía decirle, sabía como llamarlo y esperar el momento adecuado para hacerlo. Todo estaba planeado, solo debía armarme de valor para ejecutar mi plan de “el último adiós”.

De pronto lo vi. Caminada apresurado. Supuse que evitada la despedida. Así que fui detrás de él, y lo llamé de una forma que solo él podría escucharme y los demás no.

– Gonzalo! Gonzalo! ¿puedo hablar contigo un momento? – esperé su respuesta mientras él volteaba delicadamente para tomarse unos minutos y escucharme.

– Claro… dime Camila – sabía mi nombre, a pesar que no conversábamos, a pesar que no nos dirigiéramos la palabra, como solíamos hacerlo con los demás. Pero él sabía mi nombre.

Me paré frente a el. Estábamos lejos del grupo de compañeros. Lo mire, mi corazón latía intensamente y para calmarlo me dije “si no lo hago ahora, pueda que me arrepienta toda la vida, solo será una anécdota para contar y una bonita locura mía”.

Estaba parada, mirándolo y sonriendo a la vez, intentando no incomodarlo. Así que solo le dije:

– Serán unos minutos, pues no tengo mucho tiempo debo entrar a trabajar. No debes decirme nada solo quiero que me escuches.

Entonces, de pronto empecé con aquellas palabras que había ensayado durante varios días frente al espejo en todo lo que había sido el año.

 – Se que va sonar como una locura, pero quiero estar satisfecha de haberlo dicho, pues lo recordaré por toda la vida. No debes decirme algo, solo quiero que lo sepas y quiero saber que me atreví a hacerlo. Sabes que hemos llevado cursos desde el inicio, aunque no todos pero si algunos. Bueno desde que te vi, note algo especial y que llamo mi atención. No sé con certeza si es real o es cosa imaginada por mí, pues  la verdad no te conozco a fondo ni tú a mí.

– Me encanta tu tierna sonrisa, tu cabello desordenado, tu piel bronceada todo el tiempo, la imagen pacifica que transmites y tu dulzura al expresarte. Realmente siento que hay algo especial en ti.

Gonzalo empezaba a sonreír y a sonrojarse al mismo tiempo. Cogía su cabello desordenado, como diciéndome que esta pasando o porque se lo decía. Quería hablar pero ya le había dicho que solo debía escucharme. Yo aun continuaba con aquellos “solo minutos”, los cuales se convertían en eternidad.

– Si. Sé que es una locura, pero solo quería decírtelo, además ya termino el año y nuestra carrera también. No tienes que decirme nada, solo tómalo como algo imprevisto y nada más. Bueno debo irme estoy apurada. Que te vaya bien en tu vida y se feliz..

 Y solté mis últimas palabras – realmente creo que eres especial – .

Finalmente había terminado, le había dicho cosas demás, mi voz se perdía de vez en cuando y mi mirada nunca estaba fija en sus ojos, pero ello ya no tenía importancia, había cumplido con lo que me propuse.

Le sonreí y simplemente le dije “adiós”.

Empecé a caminar dejándolo atrás. No me importo escuchar nada de él. Solo sentía que mis pasos cada vez se hacía mas apresurados y  la verdad era que quería salir de ahí y desaparecer. Y así lo hice

 

Con una sonrisa y llena de felicidad llegue al trabajo. Sabía que todos lo notaban, lo veía en sus caras de sorpresas. Ese día fue diferente. Estaba feliz por haber cometido mi locura planeada durante todo el año. Nadie lo sabía solo yo, y mi alegría corría el riesgo de delatarme de lo que había hecho, pero ello no importaba.

El tiempo pasó volando y mi momento de ir a casa ya llegaba. Cuando de pronto alguien llamo mi atención diciéndome –  Camila, te buscan – . Fue extraño pues no esperaba a alguien. Así que voltié y él estaba ahí.

No comprendía, se suponía que le había dicho que no era necesario que me digiera algo. Pensé que ya había terminado todo. Pues mi objetivo se había sido cumplido exitosamente. Quizá había cometido el error de decirle que trabaja después.

Le sonreí y lo mire con sorpresa, como quien dice “que haces acá, o tú acá, o sucedió algo, o que deseas”.

Me acerqué, lo salude como si no hubiera pasado nada y dije:

– Hola! – como si no lo hubiera visto durante meses, y en realidad habían sido horas – ¿Que haces por acá? Te puedo ayudar en algo? – pregunté.

Me miró y sonrió. Y solo pregunto: – ¿ya vas de salida? –  Mirando el reloj de su muñeca.

 – Uhmmm… la verdad aun me faltan muchas cosas por hacer, así que aun estaré buen rato aquí – le respondí. Y la verdad era que solo tenía que quitarme mi uniforme e irme a casa, pero por alguna razón le mentí.

Miro a su alrededor y a mis compañeros de trabajo, y me dijo – entonces te espero – . Insistí en que no era necesario, como quien le pide el favor que se marchara.

Era extraño, el chico que más me gustaba, el que llamo mi atención desde mi primer día de clases, estaba frente a mí diciéndome que me esperaría. Quizás quería hablar conmigo. Quizás se había dado cuanta que yo también le gustaba. Quizás lo conmoví con mi discurso horas antes. Habían muchas posibilidades que había imaginado. Pero yo estaba parada junto a el diciéndole que no quería escucharlo.

Sabía que tenía miedo de lo que sucedería, por eso simplemente no quería acercarme a él. A pesar de las cosas que encontraba interesantes en su persona y que llamaban mucho mi atención. Pero mi miedo de saber que éramos diferentes de algún modo porque nuestras vidas eran destinas, los mundos en que vivíamos estaban muy lejos, las cosas que hacíamos también nos alejaban y tal vez no compartíamos aspectos en común. Todo indicaba que podría existir que algo nos separaba, según mis pensamientos y conclusiones.

Sin importar la razón por la que el había ido a buscarme horas más tardes de mi discurso (el que revelaba mis sentimientos hacia él) le dije muy seria:

– La verdad, es que vendrán a recogerme, y creo que si te quedas tendré problemas, pero aun así gracias por tu interés de haber venido, pero no era necesario, simplemente no te preocupes – Le sonreí, cómo quien le recordaba mis palabras dichas horas antes en el instituto. Y simplemente le dije “adiós”. Entré al baño del personal me cambie y estuve ahí media hora, intentando no pensar en nada y esperando que se marchara.

Mientras caminaba para  tomar mi bus rumbo a casa, sonreía a la nada y me decía entre pensamientos – será una gran historia para contarla algún día a mis hijos – y pensaba que realmente yo no tenía ninguna forma de comunicarme con el, así que esa había sido mi ultima decisión que me desligaba completamente de él.

No habría otra forma de encontrármelo, menos en el instituto ya habíamos terminado la carrera. No correos, no tenía el suyo. No llamadas de teléfono, no tenia su numero. No mensajes por paginas sociales, no lo tenía en mis agregados, a pesar que la mayoría de veces revisaba sus paginas para ver sus fotos.

Lo había perdido para siempre, esa había sido mi decisión por más que mi corazón e ilusiones no hubieran querido.

Pasaron algunos días. Durante esos días había pensado e imaginado en lo que hubiera pasado si me hubiera esperado aquel día en el trabajo. Me preguntaba que habría querido decirme o cual era la razón por la que había ido a buscarme. Solo creaba supuestos pues no sabía la verdad. Pero solo eran supuestos.

Aquel día en el trabajo pasó rápido. Y sin esperarlo llegó la hora de salida, cinco de la tarde en punto marcaba el reloj de la caja registradora. Me despedí muy amablemente de mis compañeros de trabajo. Salí feliz porque  regresaba temprano a casa. Y entonces alguien se levanto de alguna mesa del salón del restaurante en donde trabajaba y se acercó a mí.

– ¡¿Camila?! – casi grito dirigiéndose a mí.

Volteé, y mi sorpresa fue grande porque volvía  a ver a Gonzalo, con su tierna mirada y sonrisa en los labios, preguntando por mí. Lo mire muy sorprendida y solté una sonrisa de alegría.

– ¿Tienes un minuto? veo que ya estas de salida – dijo mientras salíamos del restaurante y él me abría la puerta del salón principal.

Cogí el tirante de mi bolso acomodándolo en mi hombro, y no dude en preguntarle “cómo es que sabía que trabajaba ese día y cuanto tiempo llevaba ahí y por qué” De alguna forma le afirmaba que si tenía unos minutos.

 Sonrío y muy amablemente contesto mis preguntas:

– He venido hace unos días y pregunté cuando podía encontrarte. Me dijeron que hoy trabajabas de día, así que supuse que saldrías por la tarde. No llevo mucho tiempo aquí solo un par de horas. A decir verdad me gustaría que charlemos, quizá tomando un café helado ¿si gustas? -.

Solté una carcajada, y me dije: “Oh por dios, que está pasando”. Continuaba viéndolo mientras seguía dándome explicaciones para que charlemos y caminemos hasta la cafetería. Hasta que dijo unas palabras que me convencieron de acompañarlo y continuar con esta oportunidad que se presentaba esa tarde.

– Sé que suena extraño pero por alguna razón quisiera que hablemos, pues me has dejado pensando con tus últimas palabras que  dijiste en nuestro último día de clases -.

Entonces lo miré y simplemente le dije aprovechando de darme esta oportunidad:

 – Esta bien, tomemos un café, aunque en realidad me gustan los helados, pero la idea de tomar un ‘café helado’ suena bien – y entonces continuamos caminando rumbo a la cafetería.

Y ya en ella nos daríamos la oportunidad de escucharnos mutuamente. En la cafetería pasaríamos horas hablando de temas que no imaginábamos que compartíamos entre risas, sorpresas y bromas.

 Y sin esperarlo había llegado el tiempo en que debíamos conocernos realmente. Ambos habíamos hecho algo loco y atrevido para que nos presentáramos adecuadamente en nuestras vidas.

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