Una vida se fue

Estándar

Eran las doce del mediodía, un domingo normal como los de siempre.

El sol radiaba pero no quemaba, solo era cálido como solía ser en invierno. El aire frío pero no helado, y unas hojas se dejaban caer con su caricia. La avenida no estaba desierta, había más personas de las que suelen estar durante los días de semana, los autos venían e iban a cada segundo. Y describirlos a ellos ya no tiene importancia.

Yo solo escuchaba atenta  una conversación de mi madre con una conocida dentro de una pequeña chacra al lado de casa, me deleitaba con la tranquilidad y la magia que brinda la naturaleza: el aire, la danza de los árboles con el, las flores, las nubes en el cielo y el abrazo del sol en estos días de invierno.

Todo era perfecto, tranquilo y acogedor. Hasta un rechinido de llantas, un golpe fuerte y, un corto y agudo grito de un pequeño perro; que inundo mis oídos en voz de alerta llegando a mi corazón invadiéndolo de un sentimiento envuelto de temor y pena. Los latidos aceleraron un poco su ritmo, esperando no alertarme mucho por lo que podría haber ocurrido en la avenida.

Mi madre y su compañía, solo asentaron a decir en un tono de preocupación: Han atropellado a un perro, fíjate no vaya ser el de la casa.

Mientras caminaba a la puerta esperando no encontrar a mi perro tendido en el asfalto, pero deseando que los sonidos que escuchamos no hayan acabado con alguna otra vida,  de algún otro perro de la calle.

Salí, un fuerte viento frío me golpeo y un silencio total envolvió mi panorama de lo que podía ver. Uno de los perros que he sólido ver durante este tiempo, estaba tendido en medio de la pista. No se movía, no podía ver desde donde estaba si respiraba, pero tampoco alcanzaba a ver si había sangre a su alrededor.

Me llené de tristeza, mis ojos se hicieron agüita, y solo dije dentro de mí como para que llegara al cielo: Porque dios. Porque permites que ello ocurra.

Pensé en correr y socórralo, pero no me moví. Ví que venían más autos, micros y camiones; era posible que pasaran sobre como si fuera una bolsa de basura. Pero al parecer el chofer de un micro considero que se trataba de un ser vivo y al que hay que respetar.

Al llegar junto a el, se paro en su enfrente; logrando que otros carros se desviaran. Toco su claxon, y un señor poco amable, lo arrastro a un lado del asfalto. Vi que ya no se movía, entonces supe que ya no estaba en este mundo.

Fue extraño, pero le pedí a dios que lo recibiera, sé que está mejor con el. Y un compañero de aquel perro, empezó a ladrar a su lado como una señal de lamento.

Ya no quedan rastros de lo ocurrido este domingo, pero decidí escribir sobre esa experiencia; porque quiero que más personas valoren la vida de un ser vivo, no importa si en un animal o una planta, es valorar y atesorar el hecho de saber que tiene vida al igual que nosotros.

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